Las unidades de insuficiencia cardíaca (IC) se han desarrollado para sistematizar el diagnóstico, tratamiento y seguimiento clínico de los pacientes con IC. Integran equipos multidisciplinarios, protocolos estandarizados y seguimiento estructurado. En países desarrollados, su principal beneficio es la reducción de hospitalizaciones y la optimización del tratamiento basado en guías. (1) En América Latina, donde los sistemas de salud presentan mayor heterogeneidad y limitaciones estructurales, su implementación continúa siendo limitada.
En el trabajo de investigación publicado por la Revista Argentina de Cardiología “Impacto de una unidad especializada en insuficiencia cardíaca en pacientes hospitalizados por insuficiencia cardíaca aguda: análisis de una década de experiencia” se analizaron 3368 hospitalizaciones por IC aguda a lo largo de diez años en un centro de alta complejidad de Argentina, comparando una etapa inicial (2014-2019) con una etapa de consolidación del programa (2020-2024). El hallazgo más relevante fue la reducción sostenida de la duración de la estadía hospitalaria, de 9,3 a 2,8 días, sin aumento en la mortalidad intrahospitalaria ni en la rehospitalización a 30 días. (2) Este resultado es clínicamente relevante, ya que las estancias prolongadas en la IC aguda se asocian con mayores costos, complicaciones y peor pronóstico. (3)
Si bien el trabajo aporta evidencia local y sugiere un impacto positivo consistente de las unidades de IC, debe considerarse que el modelo fue desarrollado en un centro de alta complejidad y de referencia. Su implementación requirió un conjunto de recursos considerable como ser personal especializado en IC, disponibilidad de hospital de día y telemonitoreo, entre otros. Lamentablemente, éste nivel de recursos no suele estar disponible en la mayoría de los centros públicos ni en buena parte de los privados de la región. Esta realidad se pone en manifiesto en el registro ARGEN-IC, (4) multicéntrico y de complejidad heterogénea, que reportó tiempos de internación más prolongados y menor acceso al seguimiento ambulatorio temprano, lo que ilustra la brecha entre lo demostrado y lo replicable.
Sin embargo, es probable que no todos los componentes del programa impacten por igual en los resultados observados, por lo que el verdadero desafío a futuro pareciera ser identificar cuáles resultan indispensables y cuáles podrían adaptarse a centros con menor disponibilidad. Un aporte interesante del trabajo fue la utilización del coeficiente de variación (CV) como indicador de estabilidad asistencial. En ese sentido, esta herramienta metodológica podría aplicarse también para evaluar versiones adaptadas del modelo y así generar evidencia local que oriente su implementación gradual en nuestro medio. (5)
El aporte del trabajo invita a repensar el diseño de las unidades de IC en versiones adaptadas a los recursos disponibles, identificando aquellos componentes de mayor impacto clínico con el objetivo de ampliar el acceso a una población de prevalencia creciente, como lo son los pacientes con IC.
Consideraciones éticas
No aplica
