Históricamente, la evaluación de la isquemia miocárdica ha sido un parámetro útil en la práctica del cardiólogo clínico para la estratificación del riesgo y la toma de decisiones. Para esta evaluación, desde la Cardiología Nuclear, Hachamovitch y colaboradores, en su estudio observacional de gran envergadura, definieron que un monto de isquemia (MI) superior al 10% de la masa ventricular, en ausencia de necrosis miocárdica extensa, identificaba a los pacientes que se beneficiaban de la estrategia invasiva y la revascularización temprana comparado con el tratamiento médico en términos de sobrevida. (1)
A lo largo de los años, tanto el tratamiento médico como las técnicas de revascularización han mejorado significativamente. Esto motivo a la realización de estudios aleatorizados para identificar qué subgrupos se beneficiaban de la estrategia invasiva inicial (2-4). Entre ellos, se diseñó el ISCHEMIA trial, el cual demostró que, en pacientes con isquemia moderada a severa, tanto el tratamiento médico inicial como el invasivo logran reducir eventos cardiovasculares mayores y mortalidad sin diferencias significativas. (5) No obstante, es importante tener en cuenta que este trabajo tomó como criterio de evaluación inicial la realización de un estudio anatómico coronario (vía angiotomografía) para descartar enfermedad severa del tronco coronario izquierdo o enfermedad coronaria no obstructiva, excluyéndolos del estudio.
A la vista de las referencias bibliográficas expuestas hasta acá, se observa que en el trabajo titulado “Evaluación del manejo clínico y seguimiento de pacientes con isquemia miocárdica grave detectada mediante SPECT gatillado” (6) se actualizan estos temas de manera interesante, en el ámbito de un hospital público de nuestro país. Lo primordialmente relevante es la selección de pacientes con un MI mayor o igual al 10% en un estudio de perfusión miocárdica. Evaluando en este grupo la conducta terapéutica (invasiva versus conservadora) adoptada por los médicos tratantes ante el hallazgo de estos resultados de isquemia miocárdica grave.
Es muy valioso el aporte que nos brinda este estudio observacional, retrospectivo y unicéntrico de Herrero y colaboradores, dado que nos muestra como la conducta de los médicos tratantes para la indicación de un estudio invasivo inicial fue significativamente mayor en la cohorte de pacientes con un MI mayor o igual al 16%. Siendo además este subgrupo de pacientes los que presentaron mayor porcentaje de revascularización. Esto podría ser el inicio de plantearnos una actualización en el valor del MI para dirigir la conducta terapéutica.
Este estudio presentó limitaciones, como el considerable número de pérdidas en el seguimiento y la corta mediana de tiempo de evaluación longitudinal (18 meses). Sin embargo, demostró una mayor cantidad de eventos cardiovasculares mayores en los pacientes revascularizados, registrándose una importante cantidad dentro del primer mes post-procedimiento. Por este hallazgo, podría resultar interesante el seguimiento a mayor plazo para evaluar cómo se comporta la rama de tratamiento médico, teniendo en cuenta que a mayor tiempo del mismo la adherencia puede disminuir.
En conclusión, es un valioso estudio observacional con aporte de evidencia sobre la toma de decisiones en la práctica médica real.
