“Allí donde la inteligencia artificial busca precisión y control,
el ser humano encuentra sentido en la ambigüedad,
en el error, en el lapsus, en aquello que no cierra.
No se trata de eliminar la duda, sino de habitarla”
Santiago Kovadloff
La Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) es una institución pionera que integra a prestigiosos centros cardiológicos dedicados a la asistencia, la investigación y la formación de especialistas. Como presidente de la SAC es un placer y un orgullo escribir una carta dirigida a los jóvenes cardiólogos que anualmente egresan de la carrera que se dicta en nuestra entidad. Considero tener la oportunidad de dirigirme a los cardiólogos en esta carta, una caricia al espíritu y no un estímulo al ego, criatura insaciable que todos los médicos debemos cuidar de no hipertrofiar.
El acto de colación de una especialidad médica es un rito de pasaje a otra etapa de la vida médica que merece celebrarse. No reciben únicamente un certificado que los acredita para ejercer como especialistas en algún área de la cardiología, asumen una responsabilidad humana y científica frente a la necesidad, la vulnerabilidad y la vida del prójimo.
A lo largo de este trayecto, los egresados han acumulado horas de guardias o de largas jornadas, interrogado y escuchado a los pacientes, repasado minuciosamente registros electrocardiográficos, interpretado la hemodinamia o las imágenes o desarrollado una técnica. Sin embargo, en el centro de toda esa arquitectura técnica, permanece inmutable la pregunta antropológica fundamental: ¿qué significa sanar a otro ser humano?
En una carta reciente señalé que el humanismo en la medicina es la corriente de pensamiento que defiende que el acto médico no puede reducirse a una mera aplicación de la ciencia y la tecnología, sino que debe estar profundamente arraigado en la empatía, el respeto por la dignidad humana y la comprensión integral del paciente. (1)
El ejercicio racional de la medicina exige entender que nuestro objeto de estudio no es una máquina descompuesta, sino una persona sufriente. Los filósofos de la antigua Grecia fundaron las bases de nuestra praxis al comprender que la destreza técnica (la techne) es ciega si carece de la prudencia (phronesis) y del carácter moral (ethos). No se puede curar el cuerpo sin atender al alma. (2) Es importante evitar la tentación de tratar la parte ignorando el todo.
En la medicina, como en la vida, es tan crucial saber ganar con humildad como perder con dignidad. La célebre máxima “curar a veces, aliviar a menudo, acompañar siempre” resume la esencia del cuidado humano. Aunque la ciencia no siempre puede vencer a la enfermedad, la presencia y el apoyo humano son indispensables en todo momento.
En nuestra contemporaneidad, el maestro Francisco Maglio legó una premisa fundamental para la medicina humanística: “No se puede ser mejor médico que persona”. Maglio nos enseñó a distinguir entre la enfermedad (la entidad biológica descrita en los libros) y el padecer (la biografía, la vivencia subjetiva, social y existencial de quien la sufre). (3) El médico hipertrofiado en lo técnico pero atrófico en lo humano se convierte en un mero indicador de estudios o prescriptor de fármacos. Curar es un acto biológico; sanar es un acto relacional. La relación médico-paciente no es una transacción de servicios, sino un encuentro de dos voluntades y dos fragilidades: una que pide ayuda y otra que ofrece su saber y su empatía.
Para honrar esta profesión, la técnica debe ser guiada por un entramado ético robusto. Los valores no son abstracciones teóricas; se validan únicamente a través de acciones concretas que los honran: (4)
Sinceridad: se honra al comunicar diagnósticos complejos con verdad y delicadeza, sin falsas promesas ni ocultamientos.
Responsabilidad: se honra en el estudio riguroso de cada caso, en la preparación continua y en la asunción de las consecuencias de nuestras decisiones clínicas.
Respeto: se honra reconociendo la autonomía del paciente, sus creencias y su dignidad, independientemente de su condición social.
Gratitud: se honra al reconocer el esfuerzo de los pacientes que confían en nosotros y la enseñanza recibida de nuestros pares y maestros.
Humildad: se honra al reconocer los límites del propio saber, pidiendo una segunda opinión cuando la duda nos aborda.
Solidaridad: se honra al garantizar que la mejor medicina llegue también a los más desprotegidos.
Excelencia: se honra en la búsqueda inalcanzable del detalle perfecto, huyendo de la mediocridad y la rutina.
Prudencia: el valor supremo del clínico. Se honra en la ponderación del beneficio frente al daño y en el saber cuándo actuar, pero también cuándo abstenerse.
Siguiendo con el cultivo de las virtudes, es fundamental mantener la fortaleza cuando parece que no se puede o no se llega, practicar la justicia siendo equitativo y constructivo tanto en el error como en el acierto, y promover preferentemente la reflexión y la empatía por sobre la autoridad vertical para resolver un tema complejo.
Immanuel Kant nos legó sus imperativos categóricos, recordándonos que debemos obrar de tal modo que la máxima de nuestra voluntad pueda valer siempre como principio de una legislación universal. En cardiología, esto significa: jamás utilices al paciente como un medio para tu lucimiento profesional, para un registro estadístico o para un beneficio económico, sino siempre como un fin en sí mismo.
Sin embargo, la práctica médica real nos enfrenta a dilema donde los principios entran en conflicto. Es allí donde cobra vigencia el principio del mal menor y la jerarquía de valores de Max Scheler. Scheler nos enseña que los valores están organizados jerárquicamente: los valores agradables están subordinados a los vitales, estos a los espirituales (lo justo, lo verdadero, lo bello), y todos ellos a los valores de lo sagrado y lo ético. Cuando la clínica nos acorrala, el médico prudente debe saber sacrificar un valor menor para salvar un valor superior, jerarquizando siempre la vida, la dignidad y el alivio del dolor por encima del confort o la inercia institucional. Estos aspectos están muy bien desarrollados en el libro Sabiduría Artificial a instancia de la irrupción de la inteligencia artificial. (4)
El matemático y físico Roger Penrose retoma la triada clásica de Platón como pilares entrelazados de la realidad y del conocimiento. Estos conceptos se corresponden directamente con los trascendentales del ser, la unidad (unum), la verdad (verum), el bien (bonum) y la belleza (pulchrum). (4)
Lo verdadero: es la adhesión rigurosa a la evidencia científica, al método, a la lógica de la fisiopatología y a la estadística.
Lo bueno: es la intención ética, la benevolencia pura orientada al bienestar del paciente.
Lo bello: es la armonía en el acto médico. Hay belleza en un diagnóstico elegantemente razonado, en una cirugía realizada con maestría, en una palabra de consuelo pronunciada en el momento justo.
Cuando un médico logra integrar la verdad de la ciencia, la bondad de la intención y la belleza de la ejecución, la medicina deja de ser un mero oficio y se eleva a la categoría de arte sublime.
Nada de esto es posible sin el mandato del oráculo de Delfos: Nosce te ipsum (conócete a ti mismo). El médico que no conoce sus propios sesgos, sus miedos, sus limitaciones, su cansancio y sus proyecciones corre el riesgo de dañar involuntariamente. El autoconocimiento es la coraza contra la hybris (la soberbia) y la única vía para gestionar la frustración en el ejercicio profesional. Lejos de constituir una debilidad, reconocer nuestra propia fragilidad intelectual y humana es el único camino hacia el discernimiento riguroso. Es al prescindir de la máscara de la infalibilidad y de la necesidad de aprobación constante donde nos reencontramos con la verdad profunda de nuestra labor, permitiéndonos aprender, conectar genuinamente con los demás y ejercer con verdadera autoridad ética.
Por otra parte, debemos recordar la famosa sentencia atribuida a José de Letamendi y popularizada en el ámbito médico: “El que solo medicina sabe, ni medicina sabe”. Una cardiología reducida al miocito y al canal iónico es ciega. Para entender al ser humano que padece de una afección del corazón, en ocasiones hay que entender de historia, de sociología, de filosofía y de lenguaje.
Sin embargo, esto no implica caer en el subjetivismo blando. La medicina moderna requiere dominar el lenguaje formal de la ciencia: las matemáticas y la estadística. El razonamiento probabilístico, la interpretación rigurosa del valor de p, los intervalos de confianza, el riesgo relativo y la reducción absoluta del riesgo son herramientas indispensables para el ejercicio racional. La estadística es el filtro que nos protege del autoengaño, de la anécdota personal elevada a norma y de la charlatanería. Pero debemos ser claros: la estadística describe poblaciones; la clínica atiende individuos. La destreza del especialista radica en saber implementar la evidencia poblacional en el escenario único e irrepetible del paciente que tiene enfrente.
El cultivo de la sensibilidad a través de las artes no es un pasatiempo accesorio; es una necesidad constitutiva de la mente médica. El arte nos entrena en la observación de los matices; la poesía nos enseña la precisión y el peso de las palabras; la música nos adiestra en el escrutinio del ritmo, la pausa y la armonía.
Si analizamos la pirámide de necesidades de Maslow en el contexto de la vida médica, observamos una paradoja preocupante. Los médicos a menudo intentamos alcanzar la cima de la pirámide —la autorrealización, el prestigio académico, el dominio de la especialidad— sacrificando los escalones basales: el descanso adecuado, la alimentación correcta, la realización de actividad física, la seguridad emocional y el tiempo con nuestros seres queridos. (5)
Para lograr una verdadera realización personal y profesional, debemos atender las necesidades integrales de ambas partes en la ecuación de la salud:
¿Qué necesitan los pacientes? Necesitan competencia técnica intachable, pero también escucha atenta, tiempo, mirada directa a los ojos, explicaciones claras y un profesional sereno en quien confiar.
¿Qué necesitamos los médicos? Necesitamos condiciones laborales dignas, tiempo para el estudio y la reflexión, espacios de contención emocional, respeto por nuestra vida personal y entornos institucionales que cuiden nuestra salud mental
Estimados jóvenes colegas, la cardiología es una disciplina de alta exigencia. Roberto De Vicenzo, el mejor golfista argentino de la historia, afirmaba: “Tengo suerte, pero cuanto más entreno más suerte tengo”. Afrontarán situaciones donde el esfuerzo no se traducirá inmediatamente en un resultado favorable. La resiliencia —la capacidad de mantenerse íntegro tras la adversidad— será su recurso más valioso. No frustren un desarrollo exitoso por poner el carro antes del caballo. Si hay objetivos claros, metodología y valores con una mirada racional y paciente, alcanzarán la cultura personal que los llevará a que las cosas sucedan, los resultados. Que el afán por lo inmediato no altere sus miradas de mediano y largo plazo. En la vida hay cosas que necesitan tiempo: la paz, la guerra, el amor y también la carrera profesional. No ha cambiado mucho el sentido de la frase de Hipócrates de Cos “El Arte es largo, la vida es breve, la experiencia es falaz, el juicio difícil, la ocasión fugitiva.” (3)
Sean líderes en sus posiciones de desarrollo. Profundicen el aprendizaje en equipo, propongan mejoras e innovación, motiven e inspiren, disfruten del brillo del equipo y gestionen el ego personal. Que sea el grupo quien los eleve, sin “creérsela” demasiado. Frente a una cultura actual que en ocasiones confunde la validación algorítmica con el mérito, el ‘hype’ y la autopromoción desmedida generan expectativas efímeras que erosionan la credibilidad. La humildad profesional actúa como un freno ético ante esta tentación, recordándonos que el prestigio real no se proclama mediante artificios, sino que se convalida a través de la consistencia y la entrega sostenida.
Los líderes que hoy fracasan se caracterizan por la incapacidad para adaptarse a los procesos de cambio, tener vínculos interpersonales pobres, incapacidad de armar y dirigir equipos, o por una ambición desmedida o mal canalizada. Sepan que la unidad de medida es el equipo, trasformar el yo por el nosotros o invertir la M del “me” para transformarse en la W del “we”. Sepan que no hay motivación sin vínculo, no hay vínculo sin conversaciones, no hay conversaciones sin tiempo y no hay tiempo sin sentido consciente. (6)
Asimismo, los exhorto a buscar tenazmente el equilibrio entre la profesión y la familia. La carrera médica es absorbente y fascinante, pero no debe convertirse en un altar de sacrificios donde se quemen los afectos primarios. La familia es la red que nos sostiene cuando la clínica nos agota; el hogar es el puerto donde el médico en ocasiones vuelve a ser persona. No posterguen los abrazos, las celebraciones ni la presencia en la vida de sus seres queridos por un éxito profesional efímero.
Los docentes y mentores son el faro. Cuidar y respetar a los docentes es un mandato ético innegociable. Un maestro en medicina no es el que lo sabe todo, sino el que enseña a pensar, el que muestra cómo tratar al humilde y cómo mantenerse firme ante la complejidad.
“Si he visto más, es poniéndome sobre los hombros de gigantes”. Es una frase de Bernardo de Chartres que popularizó Isaac Newton. Él la escribió en una carta donde reconoció que sólo había llegado a sus conclusiones sobre las propiedades de la luz, debido al trabajo pionero realizado por Descartes y Hooke. Es importante tener presente que más allá del esfuerzo, todos han recibido dones que les han permitido cultivarse y que nadie se hace solo. Cultiven la humildad y el agradecimiento. El desarrollo profesional no acontece únicamente por la actitud personal, sino también por el papel fundamental de los mentores, los docentes y las instituciones que los acobijan. En este sentido, si el alumno es mejor que el maestro, el docente habrá cumplido con creces su objetivo. A veces como padres o como docentes no planteamos que país o sistema de salud le dejaremos a los jóvenes. Hace tiempo que he modificado esa mirada por un aspecto más dependiente de la acción personal, preguntándome que calidad de hijos o médicos le ofreceremos al país.
Las instituciones no son meras estructuras de hormigón; son ecosistemas humanos dedicados a la preservación de la vida y al traspaso intergeneracional del conocimiento. Formar a un especialista requiere infraestructura, inversión, cultura de seguridad y una vocación formadora sostenida en el tiempo.
A lo largo de la historia de la medicina, las grandes figuras han reflexionado sobre la transmisión del saber y el ciclo de la vida profesional:
Hipócrates, en su Invocación y Juramento, colocó al maestro en el mismo nivel respetable que a los propios padres, obligando a compartir los recursos y a honrar la vejez de quien enseñó el arte. (7)
Sir William Osler insistía en la necesidad de que la juventud médica reconozca los cimientos construidos por las generaciones que la precedieron, recordando que la experiencia acumulada es un tesoro imborrable. (8)
Alberto Agrest, maestro de la medicina argentina, nos enseñó la importancia del pensamiento crítico, de la honestidad intelectual y del respeto por los mayores, advirtiéndonos sobre el peligro de la ingratitud y la desmemoria institucional. (9)
Quiero hacer una mención especial a aquellos médicos que trabajan promoviendo los procesos educativos institucionales y que hoy se encuentran en una etapa madura de su carrera profesional. No los olviden, cuídenlos. Este aspecto hace a la cultura y los valores que sostiene las instituciones y es una señal de confianza para quienes siguen el camino de apostar a la Institución.
A esos pioneros les deben parte del presente. Sus huellas están marcadas en cada pasillo, en cada ateneo, en cada norma de servicio que hoy aplican de forma natural. Las instituciones que no honran a sus maestros pierden su alma y su memoria histórica.
Estimados, salen hoy al mundo con una caja de herramientas formidable. Tienen la estadística para analizar la evidencia, la matemática para comprender la hemodinamia, la técnica para intervenir el cuerpo y la ciencia para respaldar cada decisión. Pero nunca olviden que detrás de cada trazado electrocardiográfico hay una historia de vida, unos ojos que buscan esperanza y un corazón que no solo bombea sangre, sino que ama, sufre y sueña.
Sean rigurosos en lo científico, intachables en lo ético, sensibles en lo humano y agradecidos con sus maestros. Busquen la realización profesional sin perder la paz familiar. Honren la memoria de quienes los precedieron y conviértanse en el refugio seguro que sus futuros pacientes necesitarán.
Que la prudencia guíe sus manos, la verdad oriente su mente y la empatía mueva su corazón.
