http://dx.doi.org/10.7775/rac.es.v91.i1.20600
ANÁLISIS
HISTÓRICO DE LA EVOLUCIÓN DE LAS IDEAS MÉDICAS
Los vasos
quilíferos. ¡Vete de aquí, sin hígado, caminante!
Historical Analysis
on the Evolution
of Medical Ideas
Jorge
C. TraininiMTSAC
En
la antigüedad existió cierta referencia a los vasos quilíferos
por parte de Herófilo de Calcedonia y Erasístrato de Ceos, ambos pertenecientes en el
siglo III a.C., a la escuela de Alejandría. Hasta el Renacimiento el
tema no fue mencionado. Los primeros en efectuar una vaga referencia fueron
Gabriele Falloppia o Falloppio
(1523-1562) de Módena, y Bartolomeo Eustacchio o Eustaquio (Roma, 1520-1574). Este
último, a ultranza defensor de la medicina griega, en su obra “De
vena azygos” describe el conducto
torácico. También fue el que hizo la descripción de la válvula
de la vena cava inferior en su desembocadura en el atrio derecho, la cual lleva
su nombre.
A pesar de estos antecedentes, la presentación de los vasos
quilíferos como un sistema, se debe a Gaspare Aselli o Asello de Cremona (1581-circa
1626). El 23 de julio de 1622, Aselli
descubrió en el perro la existencia de los vasos quilíferos. El
hallazgo fue totalmente incidental. Estudiando los nervios recurrentes, en presencia
de sus amigos A. Tadino y S. Settala,
comprobó en la vivisección del animal, quien hacía poco se
había alimentado, unos cordones blanquecinos, que él supuso de
inmediato que se trataba de un hallazgo novedoso. Al tratar de repetir la
experiencia al otro día en otro animal, esta vez en ayunas, no pudo comprobar
la existencia de los quilíferos. De inmediato se dio cuenta de la
asociación del descubrimiento con el período postprandial. Por
lo tanto, al reproducir la primera experiencia confirmó su
presunción, llamándolos “lacteos”. Aselli, quien era profesor de la Universidad de Pavia, dejó un manuscrito sobre el tema que
denominó “Lectiones de Venis
Lacteis”, detallando además las
válvulas venosas de los vasos quilíferos, a quienes
denominó “quartun vasorum
genus”. Esta investigación, fue publicada
por sus amigos A. Tadino y S. Settala
a la muerte de su autor. La misma, con el nombre de “De lactibus,
sive lactis venis, quarto vasorum
mesaraicorum genere novo
invento” apareció en Milán en 1627, conteniendo las primeras
láminas que fueron publicadas en color.
Sin embargo, Aselli, de acuerdo con la
teoría de Galeno, pensó que la desembocadura de los
quilíferos se producía en el hígado, siendo este hecho
esencial para la hematopoyesis. Esta obra, aparecida un año anterior a
la sensacional publicación “De Motu Cordis”,
de William Harvey, originó críticas de este último
(¿juzgó amenazada el genial inglés su teoría de la
circulación sanguínea?) y de Gaspar Hoffmann,
este último gran conocedor de Galeno y autor de “Comment
in Galen de Usu Partium” (1625).
Posteriormente, Jean Riolano (1577-1657)
confirmó la descripción de los quilíferos, pero
también en animales. El descubrimiento en el hombre fue llevado a cabo
por un apasionado de la anatomía, Fabrice de Peiresc (francés, 1580-1637) hacia 1634. En este
mismo año, Johann Vesling (1598-1649), siendo
afamado profesor en Padua, confirmó la experiencia anterior, pero sin
dejar de repetir los errores de Galeno en cuanto al papel central del
hígado. El holandés Nicolás Pieterz
Tulp (1593-1678) fue también uno de los
primeros en efectuar la descripción de los vasos quilíferos. Su
figura fue inmortalizada por Rembrandt (holandés, 1606- 1669) en su
famoso cuadro “La lección de anatomía del Doctor Tulp”.
Con respecto al conducto torácico, el hallazgo le correspondió
a Jean Pecquet, nacido en 1622 en Dieppe
y fallecido en París en 1674, autor de “Experimenta nova” (1651).
En 1647, sin estar aún recibido de médico, al efectuar una
disección en el perro, por azar encontró la desembocadura del
conducto torácico en la vena subclavia, lo cual lo llevó a seguir
su recorrido y describir la cisterna que luego llevaría su nombre. En
sus propias palabras: “De un perro seccionado totalmente vivo, había
sacado el corazón, para observar los latidos sobre una mesa. Sólo
pensaba contar las sístoles y diástoles que los últimos
esfuerzos de su espíritu le hacían producir, cuando
observé una sustancia blanca como leche, que desde la vena cava
ascendente caía en el pericardio, en el punto ya ocupado por el
ventrículo derecho del corazón. Me di cuenta de que esta
sustancia -que, por sabor, olor, color y consistencia, podía compararse
a la leche o quilo que había visto salir de las venas lácteas-
provenía de las ramas subclavias, en las que encontré, un poco
por encima de las yugulares, los orificios por las que este líquido lechoso
penetraba en la vena cava”.
De esta forma, al demostrar el verdadero recorrido del quilo, se
destronó al hígado como órgano fundamental de la
hematopoyesis, hecho que fue saludado por el danés Thomas Bartholin (1616-1680) con un epitafio que rezaba: “Detente
aquí, caminante. Yace en esta tumba el que a tantos a la tumba
llevó, el hígado, tan conocido en la historia, como desconocido
por la naturaleza... coció tanto tiempo que, bajo el imperio de la
sangre, fue al fin por sí mismo cocido. ¡Vete de aquí, sin
hígado, caminante! y déjale a él su bilis, para que
tú, sin bilis, puedas digerir bien y rogar por él”. En el
hombre, la descripción del conducto torácico fue llevada a cabo
por el holandés Jan van Horne
(1621-1770), la cual fue publicada con láminas.